El Trastorno Depresivo Mayor (TDM) es una enfermedad, tiene una base biológica en el cerebro, afecta nuestra vida emocional, mental y física, pero también afecta nuestra vida espiritual y este es un aspecto que debemos tener en cuenta siempre que se atiende a un paciente con TDM.
Empecemos por la definición principal de esta disertación. Espiritualidad es la expresión de nuestra subjetividad, de nuestra vida interior, de lo que somos como esencia en nuestra individualidad, por ello, expresa nuestros valores, nuestra educación y formación, nuestra historia familiar e individual y todo aquello que hallamos aprendido de nuestra experiencias en la vida; espiritualidad no es religiosidad, aunque también expresará los elementos de nuestra religión que verdaderamente tengamos introyectados, es decir, que los hayamos hecho parte de nuestro ser.
En Entregas anteriores había mencionado que la culpa es uno de los síntomas frecuentes en el TDM; a final de cuentas, la culpa es un sentimiento y representa una importante afectación a mi vida emocional. El contenido de esa culpa dependerá de la experiencia que la provocó y del manejo que me permita mi ser interior, es decir, mi espiritualidad.
Debido a ello, es fundamental identificar cuando este aspecto de la persona es prioritario en el cuadro clínico, porque nuestros antidepresivos pueden ayudar en muchos síntomas, pero no mejoran la vida espiritual, es decir, no componen el ser interior del paciente.
La espiritualidad es un proyecto personal de formación a lo largo de la vida, nadie puede decir que ha llegado a un estado de “espiritualidad madura”, es decir, que tenga un ser interior completamente acabado y el TDM puede desarrollarse en cualquier momento de ese proyecto de formación y tomarnos mejor o peor preparados para experimentarlo.
Una vez que el paciente empieza a superar su TDM con el manejo de antidepresivos, se debe explorar siempre la afectación de su espiritualidad para apoyarle con técnicas psicoterapéuticas que permitan que su ser interior también mejore y madure a la par de sus síntomas emocionales, físicos y demás que pueda estar experimentando. Siempre se habla del resultado en este tema, es decir de la mejoría global del paciente y de su regreso a sus niveles de desempeño, usualmente solo tocamos el tema de espiritualidad en los casos en los que los prejuicios del paciente lo permitan, porque no todos manejan el concepto con claridad y en algunas personas puede resultar incluso inconveniente, pero siempre debe tenerse en cuenta para que el manejo sea integral y para evitar sintomatología residual que va a complicar la evolución en el largo plazo.
Nadie debiera ser igual como persona después de un TDM, los cimientos mismos de la personalidad son puestos a prueba con un reto existencial y biológico en donde los síntomas dejan de tener control por nuestra voluntad y nuestra vida entra en un caos en donde empezamos a navegamos sin rumbo y la propia vida empieza a dejar de tener sentido. ¿Qué tanto aprendemos o maduramos cuando hemos sido manejados apropiadamente en un episodio de esta enfermedad?
Eso va a depender mucho de dos factores:
- De la forma en la que hemos sido tratados y conducidos,
- De nuestra espiritualidad, de esa esencia interna que nos caracteriza como individuos y que nos permite entender las experiencias de la vida más allá de las emociones y de la razón.
Espero que esta disertación ayude a clarificar la posición que tiene la espiritualidad y su apoyo psicoterapéutico no solo en el manejo del paciente deprimido, sido en todos los temas de la Salud Mental en general; una crisis en esta dimensión de la vida, debiera ser una ventana de oportunidad para nuestra mejoría en el terreno espiritual y que nuestro verdadero ser madure y se fortalezca, entendido así, debiera ser considerada y manejada en una forma completamente diferente, sin un solo prejuicio, como el inicio de un camino doloroso, pero de mejoría personal.
Dejamos aquí el tema para continuar con otras dimensiones del TDM en las próxima Entregas, deseándoles una excelente y productiva semana, HD.
