Buen día, en nuestra anterior entrega disertamos sobre el Síndrome del Trabajador Quemado o Burnout. Esta entidad puede llegar a desarrollarse en cualquier persona que realice algún tipo de trabajo, independientemente de cual sea, si se dan las condiciones extremas de agotamiento crónico que llevan a ella.
Ahora vamos a describir la entidad previa a llegar a esa complicación, sobre todo en aquellas personas que realizan trabajos en los que atienden a otras personas y deben por tanto utilizar su capacidad de empatía para poder hacerlo. La empatía se define como la capacidad para poder entender las emociones y la situación de otro o de otros desde su punto de vista, sin la posición personal de quien se encuentra ayudando, “como si nos hubiéramos colocado dentro de sus zapatos”. Todas las profesiones que están relacionadas a la salud, la atención a víctimas, las relacionadas a la procuración de justicia, a emergencias y desastres, a personas con discapacidad, a quien se dedica a la docencia con niños, adolescentes y jóvenes y un lago etcétera. También entran en esta clasificación las personas que, en forma involuntaria, tienen que convertirse en cuidadores de otras, usualmente familiares en línea directa (padres ancianos, hijos con discapacidades, pareja con enfermedades crónicas e incapacitantes). Es decir, se trata de un tema aplicable a una enorme cantidad de personas en el mundo.
La emoción secundaria a la experiencia empática es la compasión, que se define como la experiencia de estar consciente del sufrimiento de la otra persona y el deseo genuino de ayudarla. Así pues, empatía y compasión son las dos caras de la misma moneda y se complementan, la primera en el sentido racional (o cognitivo) y la segunda en el sentido emocional y con un llamado a la acción.
Cuando las circunstancias así lo exigen, requerimos de un uso continuo de nuestra experiencia empática y de compasión hasta que llevamos al límite nuestra “reserva natural” y es cuando se entra en el terreno de la fatiga por compasión. La describió por primera vez y publicó un artículo científico sobre ella Carla Joinson en 1992, titulado así: “La Fatiga por Compasión”. Ella trabajaba como enfermera en una Unidad de Cuidados Intensivos, un lugar en donde todos sus pacientes estaban intubados, en coma inducido, entre la vida y la muerte, debido a enfermedades muy graves y completamente dependientes de la atención del personal de enfermería y médico. Podemos imaginar la intensidad y la consistencia que se debe tener en un lugar así tanto en la experiencia empática como en la compasiva. Se percató y describió como, de manera lenta y gradual, se presentaba un agotamiento progresivo en el personal de su unidad hasta llegar a la sensación de “no poder dar más” y la serie de repercusiones biológicas, psicológicas y sociales que producía dicho estado; empezaban a presentar problemas con su presión arterial, se descompensaban en las condiciones de salud que padecieran, presentaban problemas con su manera de beber o fumar o a tomar medicamentos para dormir en forma crónica, progresivamente tenían una disminución en su eficiencia laboral, en la calidad de sus relaciones interpersonales, cambios negativos en su carácter y manera de ser, hasta el grado de empezar a despegarse emocionalmente de los pacientes a los cuales atendían todos los días.
Lo anterior mejoraba con el descanso adecuado, con una división estratégica de los horarios, jornadas de trabajo menos agotadoras y con tratamientos específicos en el terreno de la salud mental en caso de ser necesarios; sin embargo, si no se reconocía y se mantenía en el tiempo, desembocada en un Síndrome del Trabajador Quemado o Burnout. Así pues, queda claro que se trata de dos extremos del mismo espectro y que uno va a llevar al otro sin una adecuada intervención.
Es importante mencionar un componente importante de la compasión de la que debemos estar conscientes y que es un factor condicionante de que una emoción tan humana y tan valiosa pueda llegar a convertir a la compasión por fatiga. Estar consciente del sufrimiento de la otra persona y tener el genuino deseo de ayudarla tiene una trampa y es el hecho de que la persona que ayuda quiera impedir que la otra persona sufra; una cosa es ayudar con lo que está en nuestra mano, aceptando nuestros límites y otra ver afectada nuestra salud por la frustración de no poder evitarle el sufrimiento a otro. Es frecuente ver esto en el caso de padres con hijos pequeños con condiciones crónicas o con discapacidades importantes o en condiciones de salud graves, o con familiares directos en el caso de ancianos con problemas crónicos o demencias; sin un adecuado apoyo se puede ver el desarrollo de cuadro de fatiga por compasión importantes.
Cualquiera de nosotros puede llegar a verse en alguno de los escenarios descritos en líneas arriba o puede tener a alguien cercano viviendo en esas circunstancias, es importante hablar del tema, hacerlo visible e identificarlo si ya está presente para intervenir en forma temprana. Si no remite con el descanso, mejoría de hábitos u horarios o si se trata de una condición ya establecida y de la cual no existe alternativa, como es el caso de los familiares que se tornan en cuidadores involuntarios de la noche a la mañana, es importante buscar ayuda médica para evitar los problemas de salud mental y física que van a surgir inevitablemente con el tiempo; sobre todo, evitar que se cronifique y llegar hasta la etapa de la persona quemada o en burnout.
Vamos a dejar el tema aquí, deseándoles la mejor de las semanas, reciban un saludo cordial.